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Jardín

Tengo libros sobre mi cama, junto a mi cama, sobre el estuche de la guitarra, al lado de la hamaca. Tengo libros, obviamente, en mi biblioteca y sobre mi mesa de trabajo; pero también en la cocina, sobre la nevera, sobre el microondas. No tengo sobre la estufa o en el lavaplatos por obvias razones, pero sí en el baño, por razones que también son obvias. Tengo libros en todas las partes de mi casa. Los dejo allí como trampas, como anzuelos dispuestos, como umbrales, como puestos de avanzada. Aunque no son decorativos, alegran cada sitio. No estoy leyendo todos esos libros al tiempo. Los dejo allí porque en algún momento los leeré o en algún momento volveré a ellos. Me sirven también como símbolo, como recuerdo. Para que no se conviertan en parte del paisaje, siempre los estoy moviendo. Los cambio de lugar para sorprenderme con otro título, con la promesa de otro encuentro. También los saco de paseo, siempre hay alguno en mi mochila. Me acompañan en mis andanzas porque sé que en algún momento podré verlos. Pero también los llevo conmigo como un amuleto, para invocar memorias, esperanzas, anhelos, sueños; como un talismán para conjurar el tiempo, como una señal de lo que he sido, de lo que soy, de lo que quiero. Ellos me esperan con paciencia. Aguardan su momento. Yo los escucho susurrar en la noche, arrojarse ideas, intersectar mundos, aventurar diálogos que se enlazan en una sola historia que abarca todos los tiempos. Yo los siento palpitar en todas partes. Me invitan con discreta calma a trasponer sus puertas. Mínimos oráculos, mundos de bolsillo, pequeños universos, tropiezo con ellos en cualquier lugar y empieza de nuevo nuestro encuentro.

Carlos García

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El jardín de los egos (Carlos García)

Todos los días los cultivamos. Como una preciosa planta desconocida. Cada acción está calculada para hacer que crezcan. Todos, que no pretendo excluirme, nos dedicamos a una diabólica solidaridad con nosotros mismos. Sabemos que el mundo se está cayendo a pedazos pero no hacemos mayor cosa. Nos jodieron con el cuento de “Empieza por ti mismo” o no lo entendimos, o lo entendimos a nuestro acomodo.
“Si quieres la paz mundial empieza por buscar tu propia paz” salmodian los gurúes. Nos dedicamos entonces a toda clase de pseudofilosofías para buscar nuestra propia paz. Vamos a nuestra clase de meditación trascendental mientras al lado la gente se mata por un mendrugo de pan. Leemos textos de una supuesta profunda sabiduría para vernos serenos en el espejo (y que nos vean, claro, sobretodo que nos vean) pero no somos capaces de escuchar, y mucho menos valorar, la filosofía de quién se sienta nuestro lado. Nuestro apoyo es de un clic, nuestra protesta es un tweet, nuestra solidaridad es un…

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No es tu escote.
No es tu sonrisa forzada.
Ni tu mirada estudiada.
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No es lo que consumes.
Ni lo que vendes.
No es la impostura en la que a veces caes.

Es la alegría con la que luchas.
Es la pasión con lo que buscas.
Es la esperanza con la que insistes.

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Primero, no se engañe. Ya se lo rompieron, se lo enmigajaron, se lo hicieron añicos. No trate de disimularlo. No intente esconder los pedacitos debajo de la alfombra o debajo de las madrugadas. Esos bultos se notan, especialmente en las ojeras, puede que las visitas miren circunspectamente para otro lado, pero todos saben que le rompieron el corazón en pedacitos. Lo importante, como dicen los cómicos de circo y libros de autosuperación, es la actitud. La actitud apropiada es ser cursi. Déjese de tonterías. Ya se sabe que se supone que uno debe guardar la compostura y el decoro en todo momento y que está de moda lucir como que uno está de vuelta de todo y nada le afecta. Pero eso es más ridículo de lo que cree. Le rompieron el corazón, actúe como tal. Asuma su cursilería inevitable. Cante canciones de despecho y hastíe a sus amigos con historias de cuánto va a extrañar el color de las medias de su amor fallido. Llore en los hombros de los transeúntes porque la vida es in justa y en e…